MANOLO CANO

Actualizado: feb 5


PRESENTACIÓN MANOLO CANO A CARGO DE JOSELA MATURANA.

MERCADO DE ARTE 2020 .

COLEGIO DE ARQUITECTOS DE CÁDIZ. DICIEMBRE 2020.


El décimo Mercado de Arte, que se viene celebrando en el Colegio de Arquitectos de Cádiz, abre hoy sus puertas, reuniendo una vez más a un heterogéneo grupo de artistas que confluyen en esta magnífica propuesta, consolidada ya como una cita estimulante y engrandecedora para la mirada, el disfrute de la creación y el encuentro con lo diferente.

Durante este año la vida nos ha puesto a prueba, llenando de temor e incertidumbre el presente y el futuro. Nos ha confinado en los espacios interiores, situado detrás de las puertas y ventanas cerradas, separado de cualquier horizonte próximo o remoto. Nos ha dividido y alejado de los latidos cotidianos reales o imaginados, que el mundo de fuera nos ofrece en lo personal y en lo colectivo. Pero una de nuestras grandes esperanzas es seguir descubriendo que el arte sigue el curso de la necesidad humana de expresar, construir, ejercer la potestad que desafía y permanece frente a la muerte, el vacío y el oscuro desaliento.

Por todo esto me parece un inmenso regalo dedicar este año el Mercado de Arte a Manolo Cano. Y lo es, porque su pintura está impregnada de razones y emociones que se oponen abiertamente a la desesperanza. El valor técnico de sus obras es tan absolutamente firme y delicado al mismo tiempo que, al contemplarlas, sentido y sentimiento se funden indisolublemente para provocar en nosotros lo que toda verdadera obra de arte consigue: que miremos atentamente con el efecto del asombro y una instantánea quietud que recorrerá la escena, sus elementos y el espacio que la integra, situándonos en el varado y vivo gesto de la contemplación que recibe el cuadro como una iluminación, una placidez deslumbradora, un destello que nos hace meditar. Pero al unísono un hondo sentimiento se desprende de su pintura, mientras la poesía parece envolverla con la plasticidad de una palabra que va a pronunciarse, aún retenida, a punto de flotar y difuminarse en el relato que nuestra mirada será capaz de entablar con la belleza creada y la vida que muestra.

Una poética visión del mundo, los seres y los objetos constituyen en el lenguaje pictórico de Manolo Cano la evanescencia de un universo inigualable que siempre nos emociona. Algo puro, limpio, bañado por el agua del misterio, enjuagado y luego secado por una atmósfera grisácea o de vibrante cromatismo, nos convence y conmociona ante lo revelado.

Una hermosa elegía y una alabanza llena de dignidad se concretan reiteradamente en los burros, que Manolo Cano reinterpreta y multiplica en sus diversos cuadros, versiones diferentes y semejantes en la captación de una humildad sobrecogedora, de una ternura irresistible y maravillosa, inserta en los bellísimos detalles de los frutos, los arreos, las alforjas y sus tejidos, en la veracidad estética de los sutiles reflejos. Auras de un amor inconmensurable para estos caballos de pobre, enriquecidos y dignificados por Manolo Cano, que vincula su pintura a la significación mítica, bíblica y rural de este animal en peligro de extinción.

Igual que una oda verdecida por el deslumbramiento infinito de la niñez, en cada uno de sus cuadros está el paisaje de la infancia, el paraíso perdido de los caminos y atajos que atravesaban los burros del ayer, su inmemorial carga de rábanos y sandías bajo los cielos que alumbraban el pesado viaje. Un bodegón portátil que detiene su balanceo un instante para que recobremos el sabor y el color de un mundo desaparecido. También Manolo Cano confiere al animal la huella imborrable del burro literario: el compañero fiel de Sancho Panza, o Platero, estremecido y cómplice del poeta Juan Ramón,

interlocutor de su lírico dictado, de la descripción de su melancolía, su dolor y su duda, leal confidente de todo resplandor.

Nuestro pintor conjuga asimismo la virtud depurada y hermosa de su técnica y las prolíficas sugerencias visuales de sus imágenes con la profundidad del sentimiento, que es algo intrínseco al resto de su obra. Lo percibimos claramente en sus retratos, donde los retratados se muestran en gesto, actitud y anímica expresión con una presencia que se ancla sólidamente al lugar en el que se ubican. Es excepcional la maestría con la que Manolo Cano capta y proyecta la entereza de esos personajes ante su propia mirada y la nuestra.

Habitados por la vida, ocupando el tiempo y el espacio, cada uno de sus rasgos traslucen y revelan que se confiaron a un destino, adverso o afortunado. Y ahí están, retratados con una voluntad de ser y trascender que la pintura les dona. Un halo de retrato noventayochista, de pertenecer a una generación incapaz de huir de la reflexión, de negar la realidad indeseada y partidaria de afirmar y defender el abrazo con lo humano, se retoma en la calidad pictórica y la expresión ética de estos retratos.


La temática de la pintura de Manolo Cano aporta unas nuevas perspectivas y enfoques al abordar el universo de lo inerte. La arquitectura exterior y la de los interiores, conjuga, como en la humana y animal, la misma armonía poética. Pensamiento y concepto, corazón y apertura que van a descubrir y plasmar con imágenes lo que acaso no sepamos o podamos decir o encontrar en las palabras. Manolo Cano hace de la geometría paisaje redentor para la ocultación y el eclipse cotidiano. Calles, puertas y ventanas, tejados y azoteas, suelos hidráulicos que contienen un desgastado mapa de estrellas que no mueren, cementerios de silencio y cuencos que albergaron la lenta invasión de la muerte.

Todo confirma, que hoy, como siempre fue y será, hay un pintor extraordinario que no dejará de crecer. Hombre y artista, imposibilitado para herir con sus dulces, exquisitos y envolventes contornos. Posibilitado y ofrecido para abrir la herida más hermosa que se enfrenta al dolor y lo vence.

La pintura de Manolo Cano rezumando luz y vida palpitante.


























Josela Maturana



Fotografías del acto: Pedro Macías

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