Pintar el aire


Texto de la escritora Josela Maturana sobre la exposición "A mi aire" de Enma Lápiz.





Lo que se abre y se cierra en sí mismo conlleva un misterio. Mostrarse, aparecer, desplegarse -aunque sólo sea un instante– para después regresar y ocultarse, como si en ese movimiento, una danza dirigida por el corazón y el dictado del pensamiento, el objeto adquiriera el valor de un paisaje inerte que agita el aire, levanta el vuelo de un pájaro invisible, traza un espacio que permite ser mirado, mientras derrama una expectación; la espera que la voluntad de una mano convertirá en susurro, chasquido de levedad, arco plisado que conoce la apertura del día y la quieta oscuridad de la noche.

Así es el abanico. Un juego rítmico que contiene un lenguaje humano que el tiempo no ha podido silenciar. Hay en él una múltiple anunciación y una evidencia estética que nos acompaña en su quejido y en su revelación. De la fuente, primer tramo que vertebra el varillaje, parte esa media luna que albergará la tela del secreto. En ese país, el arte ha volcado un escenario próspero y de belleza intensa, de marcado costumbrismo, la delicada ejecución de una miniatura que encuentra la medida de su expresión, la geometría que reitera motivos evocadores o novedosos, acaso sólo la extensión de un color cubriendo toda esa tierra movediza que, en su abrir y cerrar, conoce la luz del día y la efímera disolución de su crepúsculo.



Pintar un abanico, también es posicionarse frente a un espacio habitado por una herencia iconográfica insustituible. Velázquez y Goya, por citar dos poderosos ejemplos de esta enriquecedora certeza, otorgaron a las damas de sus retratos el abanico como atributo de un estado y una condición, no sólo social, sino también íntima. Ni daga ni puñal de masculina ostentación, ni pluma que escribiera la realidad imposible, ni libro que concediera la libertad negada, pudieron sustituir al objeto pintado que, en ocasiones, alcanza y retiene una vaporosa y etérea hermosura, sólo comparable al maravilloso y fugitivo esplendor de una nube que se aleja o un cielo conjurado en una momentánea claridad inigualable.



Enma Lápiz, demuestra en esta exposición que siente el balanceo eterno del abanico sobre el pecho de una mujer, el fresco vaivén que da a las horas, felices o desesperadas, un galope pausado que sustenta y colma la soledad. En sus abanicos la forma es caprichosa y contestataria. En todos ellos, forma y fondo, parecen disentir y, al mismo tiempo, aceptar ese cosmos, donde la mitad de un sol o una luna llena escondiéndose en la línea consoladora del horizonte, persisten y se renuevan en técnica y en lograda emoción.


Dime te quiero si lo abres una vez. Dime amor si lo abres dos veces. Si son dos golpes sobre tu frente, sabré que es para siempre.



Josela Maturana

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