Sobre "Visiones de un mundo flotante"

Texto de José Manuel Benítez Ariza sobre la exposición de Juan Carmona Vargas en Espacio·Uno.





El trabajo que presenta en esta exposición Juan Carmona Vargas está explícitamente inspirado por la pintura japonesa. Su propio título, “Visiones del mundo flotante”, juega con la traducción literal de los términos japoneses ukiyo e, suma de tres caracteres que significan, respectivamente, “flotante” (uki), “mundo” (yo) y “pintura” (e). Estas imágenes o “estampas” se hicieron muy populares entre los siglos XVII y XX e influyeron en la pintura europea a partir del Impresionismo. Eran estampaciones xilográficas, a partir de matrices de madera en las que se tallaba la imagen y que posteriormente se entintaban para proceder a su impresión sobre seda o papel, que a veces se retocaba a mano con pincel. Presuponían, por tanto, una cierta inclinación del artista a las técnicas mixtas y a la experimentación con distintos formatos y materiales y estaban destinadas a un público esencialmente urbano.

Más allá de la mera reseña histórica, podemos dar por seguro que lo que un pintor curioso, como es el caso de Carmona Vargas, asimila de esta tradición son sus sugerencias, tanto de fondo como de técnica. El “mundo flotante” al que alude el término ukiyo puede ser entendido como mundo de las apariencias, o, mejor, como declaración de que toda realidad perceptible es mera apariencia; lo que no quiere decir que haya que buscar un significado oculto “detrás”, sino que esa apariencia es ya una expresión, misteriosa y ambigua, del carácter elusivo y ambivalente de lo real y del posible impulso de esa realidad a “revelarse” en sus manifestaciones visibles. No es la primera vez que la pintura de Carmona Vargas aborda esa voluntad de revelación, esa idea de que, si se crean las condiciones necesarias –una pintura puede ser un buen escenario para ello– la revelación terminará por producirse y nos hará ver con más claridad e intensidad lo que siempre estuvo ahí pero necesitaba, para mostrarse, de una predisposición especial por nuestra parte y de los acicates que el arte presta a la sustancia material para que sea portadora de esas realidades que la subliman y trascienden.




En el caso de estas pinturas inspiradas en el legado del ukiyo e, la preparación para que esa revelación se produzca consiste básicamente, como Carmona Vargas se encarga de decirnos una y otra vez, en “dejar que hable la pintura”, que se expresen los materiales, que revelen sus potencialidades y, por qué no decirlo, también sus fragilidades. Es importante escuchar a la pintura, y más cuando ésta se expresa en soportes y materiales aparentemente tan frágiles como el papel de arroz u otros tipos de papel, tan propicios a “hablar” cuando aparentemente traslucen sus debilidades: que la pintura se transparente o traspase el soporte, por ejemplo, de modo que, en algunos casos, el pintor prefiera trabajar sobre el reverso del papel manchado antes que sobre la superficie que ha recibido la pintura; que los distintos grados de humedad creen efectos de dispersión o de niebla; que las figuras lineales no tengan a veces relleno de color y se muestren como fantasmas o espectros a través de los cuales puede verse el paisaje que les sirve de fondo y que literalmente los reabsorbe…

Todos esos efectos aparentemente tan “literarios”, tan pertenecientes al fondo ideológico del cuadro, en realidad no son sino consecuencia del mero comportamiento de la pintura sobre su soporte, siempre bajo la cuidadosa mirada del pintor que, como un director de orquesta, o como un agricultor atento a lo que va sucediendo en su parcela, intenta dirigir todos esos efectos hacia un resultado concreto que no quiere predeterminar, o no del todo, para que sean la pintura y el papel quienes hablen y se expresen.

Esa misma actitud es la que debe asumir el espectador de estos cuadros: curiosidad y expectación ante lo que podría manifestarse en ellos si se presta la atención suficiente. Los títulos, siempre misteriosos y sugerentes, ayudan un poco; pero a lo que hay que atender de verdad es a la pintura, a la mancha, al color, a las fantasmales o empequeñecidas figuras más o menos “orientales” –campesinos, caminantes– que se mueven en el cuadro. Si uno las sigue con la mirada, si se adentra con ellas en los espacios de revelación que se abren en la superficie pintada, sin duda terminará asistiendo a ese acontecimiento singular que, intuimos, sucede en cada uno de ellos. Habrán cumplido así su objetivo, habrá “hablado” la pintura y nosotros habremos oído su voz. Y el milagro se habrá consumado.





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